No podría decir si Madrid me gustaba o no. Conocía poco los otros barrios de la ciudad, en los que apenas me había aventurado las veces que iba a un museo o a los espectáculos acompañando a Marcella. Pero me sentía a gusto en Lavapiés, a pesar de haber sido atracado en sus calles por primera vez en mi vida, por un par de árabes que me robaron el reloj, un monedero con algo de sencillo y mi lapicero Mont Blanc, mi último lujo. La verdad, allí me sentía en casa, inmerso en una vida bullente. A veces, en las tardes, Marcella venía a buscarme al Barbieri y dábamos un paseo por el barrio, que llegué a conocer como la palma de mi mano. Siempre le descubría alguna curiosidad o extravagancia.
Por ejemplo, la tienda-locutorio del boliviano Alcérreca, quien, para poder atender mejor a sus clientes africanos, había aprendido a hablar swahili. Si daban algo interesante, nos íbamos a la Filmoteca a ver una película clásica.
Por ejemplo, la tienda-locutorio del boliviano Alcérreca, quien, para poder atender mejor a sus clientes africanos, había aprendido a hablar swahili. Si daban algo interesante, nos íbamos a la Filmoteca a ver una película clásica.MARIO VARGAS LLOSA
Las travesuras de la niña mala
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